Cárcano señalo el atraso en la U.N.C
 
LA NOTA
 

La pre reforma de 1918

La Reforma Universitaria no fue un relámpago en un día soleado, sino que fue gestándose a través de un largo y azaroso período. Ya el juarismo aparece como antecedente en la preparación de los espíritus.

Raúl Faure
Abogado

La Reforma Universitaria de 1918 -cuyas raíces se encuentran en el liberalismo cordobés de fines del siglo XIX- puso fin al régimen oligárquico que entonces gobernaba la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), y tuvo incidencia directa en la democratización de las universidades de toda América latina. La rebelión estudiantil que se expresó en las históricas huelgas del 15 de junio y del 9 de setiembre de ese año no fue un relámpago en un día soleado. Como todo acontecimiento destinado a producir hondas transformaciones, fue gestándose a través de un largo y azaroso período, el período que puede llamarse prerreformista.

El antecedente más remoto, pero de enorme influencia en la preparación de los espíritus, fue el conocido como ciclo juarista, en reconocimiento a la labor señera de Miguel Juárez Celman y de los círculos liberales quienes introdujeron audaces innovaciones en la ciudad levítica empeñada en mantener los hábitos coloniales. El más reciente, las luchas del radicalismo para elegir autoridades a través del voto universal, secreto y obligatorio y la sanción de la ley electoral de fines del 1911, que en 1916 permitió la consagración de Hipólito Yrigoyen como presidente.

Fue Sarmiento quien, bajo su período presidencial, entre 1868 y 1874, abrió el surco trayendo el ferrocarril desde el litoral y estableciendo la Academia de Ciencias, el observatorio Astronómico y la Oficina Meteorológica. Su sucesor, Nicolás Avellaneda (1874-1880), lo profundizó creando las Facultades de Ciencias Médicas y de Ciencias Exactas durante el rectorado de Manuel Lucero. Cuando se aprobaron los estatutos de 1879, que, entre otras importantes medidas, suprimieron la enseñanza de los estudios teológicos que venían impartiéndose desde la instalación del Colegio Máximo, quedó clausurado el largo período jesuítico iniciado en 1613 y habilitado el de la enseñanza de las ciencias puras y aplicadas.

Juárez Celman, adalid de las vigorosas corrientes liberales que planearon convertir a Córdoba en el eje del Interior en la secular disputa contra la metrópoli portuaria, continuó con esa obra civilizadora acometiendo la hazaña de limitar el poder entonces hegemónico de la tradición escolástica y colonial, impulsando profundas innovaciones. Datan de su época la fundación de la Escuela Normal -que abrió a las mujeres las puertas de la educación-, la instalación de cursos para el aprendizaje de disciplinas comerciales, la habilitación del Hospital San Roque como escuela para las prácticas médicas, la aplicación de métodos científicos para combatir las enfermedades infecciosas;, la sustitución de la legislación heredada de la Colonia por modernos códigos procesales, la sanción del primer código rural y el primer registro de marcas para el ganado.

Afrontando la tenaz resistencia de las órdenes religiosas se redimieron las capellanías medievales otorgadas por la Corona y cientos de miles de hectáreas fueron volcadas a la producción, se iniciaron los primeros estudios sistemáticos sobre nuestros recursos hídricos y se ejecutaron obras de irrigación, se establecieron las primeras colonias agrícolas, se fomentó la inmigración y se creó el catastro inmobiliario.

Fueron los liberales cordobeses quienes arrebataron a la Iglesia el registro parroquial de nacimientos, defunciones y matrimonios creando el primer registro civil del país, mientras se iluminaron muchas calles para fomentar nuevas formas de sociabilidad y se horadaron el río y la barranca con puentes y avenidas que ceñían el estrecho recinto de Cabrera.

Hasta proyectaron y ejecutaron una obra colosal: la construcción del primer embalse de Sudamérica, el dique San Roque, para irrigar "los Altos", realzar la belleza de nuestras sierras y dotar de agua potable a una ciudad que se abastecía de infectos aljibes. "Gobernar es irrigar", fue la revolucionaria consigna de Juárez Celman quien, ya como senador nacional, se transformó en el más decidido impulsor de la ley de educación común, gratuita y obligatoria, la legendaria Ley 1.420, la viga maestra que sostuvo el moderno país que nació sobre el desierto.

Y sus vástagos, ya en los primeros años del siglo 20, tras los pasos de Roque Sáenz Peña y Ramón J. Cárcano, sancionaron la primera ley que garantizó el sufragio popular.

En esos años, impertérritas, las autoridades universitarias se negaron a interpretar los cambios que se producían en la sociedad y suprimieron el progresista estatuto de 1879 reemplazándolo por un sistema que suprimía la intervención de los profesores en la elección del rector y decanos. El doctor Matienzo, primer interventor designado por el presidente Yrigoyen para que reorganizara los claustros atendiendo los reclamos estudiantiles, describió la situación con estos conceptos: "... El gobierno fue entregado a cuerpos vitalicios, electores de sus propios miembros y de cuyo seno debieron salir el rector y todos los vocales del consejo directivo...".

Cárcano, con un solo trazo, denunció el atraso que inmovilizaba a la alta casa de estudios más antigua del país: "La Universidad es una corporación cerrada".

La reforma de los estatutos en primera instancia bajo la intervención de Matienzo y luego, en setiembre, perfeccionada por la intervención del Ministro Salinas- cambió el centro de gravedad de la autoridad universitaria, democratizando su elección, como se dijo en su hora.

Desde luego, los frutos de la Reforma no fueron cosechados instantáneamente, como reconocieron sus protagonistas. Hubo avances y retrocesos. Aciertos y errores. No es tarea sencilla derribar los obstáculos que traban el camino hacia formas superiores de vida. La Reforma fue hija de una época. De una época irrepetible. Y ya se sabe. Los hombres nos parecemos más a nuestro tiempo que a nuestros padres.

Intenté, a través de estos incompletos trazos, recrear el período prerreformista. Hace ya bastante tiempo que se abrió el período posreformista. Las vetustas corporaciones que fueron derribadas por las ilusiones y la praxis de los reformistas ya no existen, ciertamente. Pero han surgidos otras. Nacidas y fortalecidas cuando, indiferentes, asistimos a la demolición de las formas y esencias republicanas. El cultivado espíritu de Cárcano lo advirtió, en el mismo año 1918 : "El peligro está dentro y fuera de la Universidad".

Esa advertencia tiene rigurosa actualidad. Los estudiantes que tienen obligaciones ineludibles, los cuerpos docentes sobre quienes el país puso la honrosa tarea de formar a las generaciones que nos continuarán y las autoridades, cualquiera sea su género, que tienen que reconstruir y enmendar inspiradas en ideales superiores, deben individualizar sin demoras los peligros externos e internos. De no hacerlo, seguramente el período posreformista se transformará en el funeral de la gesta de 1918.



 
  • nota publicada por "LA VOZ DEL INTERIOR" el 19/06/2007
 
     
      
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