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Nació
en Córdoba el 6 de septiembre de 1893 y falleció el
25 de marzo de 1961. Fue el primer presidente de la Federación
Universitaria de Córdoba (FUC) en 1918 y uno de sus principales
gestores, uno de los mas grandes líderes de la Reforma Universitaria
Constituyo con Horacio Valdez e Ismael Bordabehere el triunvirato
estudiantil de autoridades de la Federación Universitaria
de Córdoba de 1918 que asumió la responsabilidad de
dirigir una campaña para sostener los postulados de una Universidad
nueva que se reclamaba y que se convirtió en toda una revolución
universitaria que superó las fronteras del país. Después
de terminado sus estudios se traslado a Alemania para realizar su
perfeccionamiento que efectuó especialmente en la Universidad
de Friburgo, por su gestión la Universidad Nacional de Córdoba
pudo contar con los primeros grandes profesores extranjeros que
vinieron de visita, como el Doctor Alfonso Goldsmidt; eminente economista
de fama internacional y el no menos destacado sabio filósofo
y fisiólogo Jorge Nicolai.
Su
regreso como reformista se detuvo en 1923, la evolución reformista
se había detenido y la reacción amenazaba con sentar
sus reales nuevamente en la Universidad, por eso no pudo incorporarse
a su magisterio y se entrego de lleno a su profesión y a
la investigación Enrique Barros era médico clínico
y pudo haber ganado el Premio Nobel por su descubrimiento acerca
de la Psitacosis. Alrededor de 1929 se desencadenó una pandemia
de lo que se suponía podía ser "gripe" o
"influenza" ,"neumonía" y hasta "tifoidea".
El brote reapareció en Buenos Aires en 1940. Fue él
quien descubrió que se trataba de una enfermedad transmitida
por las aves exóticas que se había diseminado durante
una exposición de pájaros tropicales que había
visitado Córdoba. La verdad es que investigó y escribió
por "los argentinos". Su trabajo de investigación
le valió reconocimiento mundial y fue invitado a exponer
en los más acreditados centros médicos de Europa.
Dominaba cuatro idiomas además del castellano: inglés,
francés, alemán, y portugués. Quedó
huérfano de padre durante su niñez, por lo que tuvo
que trabajar para costearse los estudios. En la etapa violenta de
la lucha de los estudiantes, un grupo de ultra derecha entró
al Hospital de Clínicas, donde él se desempeñaba
como practicante, en horario nocturno y lo atacó con barras
de hierro, envueltas en diarios. Sufrió 16 operaciones que,
finalmente, le restauraron la movilidad del lado derecho de su cuerpo
paralizado. Le pusieron una placa de platino en el cráneo,
en una operación extraordinaria para su época. Quedó
rengo pero en pleno uso de sus facultades mentales. Sufrió
toda su vida de crisis cardíacas y fuertes dolores en la
pierna. Uno de los atacantes fue a visitarlo al hospital, a pedirle
perdón y él le contestó: “¡Son
cosas de muchachos!”. Barros era alguien de
carne y hueso, accesible y paternal y con un extraordinario sentido
del humor. Una guía de conducta. Tenía su consultorio
en calle Ituzaingó. Siempre recibía a los estudiantes,
escribía artículos y discursos a mano, en papel borrador
y con birome a veces en lápiz, su secretaria los pasaba a
máquina y se los llevaba a Luis Remonda, director del diario
“La Voz del Interior” o a quien le indicara.
Su sabiduría era inagotable.
Tal vez, el recuerdo más importante fue su famoso discurso
"Cachorros de la Reforma", que pronunció el 3 de
octubre de 1958 durante un acto público de la FUC. Lo hizo
luego de que el Congreso Nacional, durante una sesión vergonzosa
en la que hasta se llevó a legisladores en camilla para votar,
aprobara la creación de universidades privadas. Apostado
en la escalinata de la base de la estatua de Vélez Sársfield
–que entonces estaba en el centro de la rotonda donde desemboca
la avenida del mismo nombre- se ubicó al orador. Había
recibido amenazas de muerte si insistía en cerrar el acto.
Los estudiantes formaron un escudo humano para proteger su cuerpo.
Miles y miles lo rodeaban por todas partes así, pronunció
su arenga más famosa y su herencia a las futuras generaciones,
su voz, a veces, se entrecortaba por la emoción.
Barros
llevaba el bolsillo de su chaleco un papel escrito de su puño
y letra, que decía textualmente: "Yo, Enrique Barros,
en pleno uso de mis facultades mentales y sabiéndome aquejado
de una dolencia que en cualquier momento puede hacer crisis, prohíbo
que en tal caso, ni vivo ni muerto, llegue hasta mí un sacerdote
de la religión católica apostólica romana,
a la que considero la negación de la doctrina de Cristo."
Finalmente, le llegó su hora: murió de un ataque
al corazón en 1961, se cree que fue en su consultorio. Sobre
su escritorio había dejado el borrador, escrito a mano y
en lápiz, de su último artículo: "Eichmann:
el gaucho malo de La Pampa". Susana Tampieri, quien se desempeñó
hasta el último de sus días como su secretaria ad
honoren pasó ese artículo a máquina entre irrefrenables
sollozos y se lo entregó a Remonda para su publicación.
Ella aún conserva el original.
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junto
a Del Mazo, Palacios y Martinez Paz |
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Barros
y Bordabehere |
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dos
imágenes de Barros preso en el destacamento |
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junto
a su abogado |
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